De joven en casa de mis padres vivía en un tercero sin ascensor, como correspondía a aquella época. Cada semana dos veces me tocaba subir las escaleras con un saco de boxeo de 40 kilos que llevaba a un parque donde entrenaba con un maestro chino. Las vecinas también me pedían ayuda para subir la bombona de butano, o sus bolsas de la compra, y como me gustaba el ejercicio, esa ayuda me parecía deliciosa. A mi madre no hacía falta, ella decía que podía sola y ahí sigue, fuerte a los 81.

Ahora cuando algún vecino me sorprende subiendo las escaleras 6 pisos con bolsas del hipermercado me mira bastante raro. No porque yo suponga sobre los gestos ni las caras sino porque llega a ser trending topic donde vivo. Esta acción la relacionan algunos con sesgos de clases y «no entienden». Eso sí, luego es bueno subir escaleras en una elíptica en el «gym».

El caso es que esto es raro ahora porque hay ascensor y no procede.
El ascensor (evidentemente un gran invento para mayores, enfermos, subir cargas) te ha dado una posibilidad: la toma de decisiones.

Lo que la gente no suele saber es que: allá donde puedes decidir, allá te puedes agotar. Y lo cierto es que aunque la gente luego quiera ir al «gym», ni Dios sube las escaleras y muchos menos con bolsas.

Llegado un momento igual te crees que hasta hay que visualizar que las subes, o mentalizarte seriamente. Pero todo eso es energía perdida. El problema surge en el mismo momento que tienes «libertad» para decidir. Los ascensores son buenos, pero poder elegir, paradójicamente, no lleva a elegir bien en muchísimas ocasiones. De hecho aunque todo el mundo aspira a conseguir sus sueños, las acciones para conseguirlos suelen alejarnos día tras día, año tras año, de ellos.

En aquella época no pude decidir ascensor o escaleras, así que me puse fuerte porque no había otro remedio. Muchas cosas que no pude decidir resultaron ser magníficas. En mi gimnasio no había el arte marcial que yo quería, así que aprendí el que había, y resultó ser muy práctico. Tampoco había buenos maestros en muchas ocasiones, lo cual hacía que exprimieras a fondo una gota de conocimiento y supieras, tras mucha práctica, ver si eso funcionaba o no. Y en la carrera el álgebra se aprendía a pelo, sin más ayuda que el crudo libro. No había alternativa así que uno no podía huir de los espacios vectoriales así como así.

A nivel cerebral también es así. Las mejores prácticas de la atención no son las que eliges atender al cuerpo o la respiración mientras te peleas porque hay muchos pensamientos y «no te relajas» lo que esperabas (madreeeeeee), sino las que no puedes no atender. Para muestra, la selva o el desierto.

Me sorprende que demos tanta importancia a la libertad de elegir si la elección va a ser mala y «escogemos»:
el alimento que más engorda,
la decisión menos racional,
el formato que más apego nos genera,
la teoría que menos evidencia aporta,
la opinión más sesgada,
el perdón que nunca se dijo,
la humildad que nunca se expresó,
la relatividad que tanto debilita
 y un largo etcétera.

Cuando quiero que las cosas vayan «bien», o sea cuando quiero hacer y entregar el resultado, me propongo decidir muy poco y cuando decido, aplicar análisis estructurado. Sé muy bien que pretender decidir mucho para decidir mal es absurdo. Y de esta manera voy sacando decentemente tediosísimos papers, investigaciones, trabajos, rutinas de ejercicio y lo que haga falta.

Esto se traduce en más hábitos que voluntad, y en no sucumbir a la tentación del «me apetece – no me apetece». En términos budistas es «apego-rechazo» y en términos cerebrales tirar de las memorias de destrezas y no de la red tramposa de conceptos.

Los budistas además explican muy bien que el sufrimiento es ignorancia. La solución no es precisamente la voluntad, ni la libertad ficticia, ni las elecciones de mala calidad, sino la sabiduría. La voluntad usada para decidir te dura dos telediarios. Hay quien la agota a las 8 am en pensar qué vestido o traje se pone. Y hay quien quiere mucha libertad, para decidir penosamente una y otra vez.

En definitiva que soy afortunado, no tonto, por llevar las bolsas de la compra por las escaleras.

Hay aprendizajes que calan hasta los huesos.
Otros son informaciones sobre las que luego toca «elegir».

Abrazos,

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